Las máximas del minimalismo

Las máximas del minimalismo

¿El minimalismo se traduce en tanta tendencia a lo menos posible como pensamos? Analizamos las raíces del minimalismo y sus máximas formadas por variopintas vertientes culturales, desde oriente hasta occidente.

Menos es más, una proclama sacada a la fama por el arquitecto Mies van der Rohe y convertido en lema inequívoco de la tendencia minimalista, caracterizada por la ausencia de ornamentos y la reducción de la cuestión que tratemos a su pura esencia. Hay varios mitos encerrados en esta definición, pues las tendencias no son tan genuinas como inicialmente las pensamos, y siempre surgen como contestación radical a un movimiento previo.

En los años sesenta, tras la devastación de la Segunda Guerra mundial y su impronta artística manifestada mediante el expresionismo abstracto -qué mejor para definirlo que detener la mente en los dos metros de lienzo con el action painting de Jackson Pollock- se suscitó una nueva vertiente reaccionaria que eliminase todo el ruido y el barroquismo imperante hasta el momento en todas las esferas socioculturales.

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Aunque en esencia la definición del minimalismo puede resultar tan sencilla que hasta parece espartana -eliminar lo accesorio y quedarse con lo justo y necesario-, tiene imbricada una línea de pensamiento filosófico y tradición milenaria tras él. La primera pequeña falacia del minimalismo llega con la identificación monolítica de Mies van der Rohe como creador del minimalismo arquitectónico, cuando quien dotó a esta tendencia de su espiritualidad inherente fue Tadao Ando.

El taoísmo, el budismo, el feng shui y el zen son las partículas que forman los átomos del minimalismo. No solo se traduce en la incorporación de elementos orientales al diseño, sino que se traslada, por medio del juego de volúmenes y la carencia de objetos -o su presencia de forma muy comedida-, a una percepción de la expresión del espacio y del interiorismo. En lugar de adornar y rellenar, los preceptos vienen dados por buscar la esencia del espacio, dejándolo hablar sin ornamentos.

Esta lectura ofrece protagonismo a materias primas como la madera o la piedra, a colores puros como el blanco y los tonos pastel y formas geométricas simples. Todo ello elementos que no ofrecen ruido ni distorsionan el espacio a nuestros ojos; la estética ideal del vacío frente al horror vacui.

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Llegar a la esencia y al vacío nos lleva a la búsqueda del yo mediante el orden. Eliminar lo accesorio y catalogarlo de una vez como tal implica un ejercicio de autoconocimiento que va más allá de la necesidad de liberar espacio en una vivienda. Este hábito se traslada del lugar a la mente, de manera que se entrena la psique para reconocer el equilibrio y encontrar la capacidad de centrarse en lo meramente importante.

Desde Japón trazamos otro viaje -llevando lo mínimo e imprescindible en la maleta, eso sí- hacia Inglaterra, y es que en Europa tenemos otra de las máximas del minimalismo: el funcionalismo. Esto es, la reducción de costes de producción y la visión centrada en el uso de los objetos y no tan solo en sus aplicaciones decorativas. La atmósfera de ligereza del minimalismo nos imbuye en la sutileza y la elegancia de las formas básicas y las materias nobles desvestidas de procesos complejos de manufacturación.

Villa Saboya (Le Corbusier)

Villa Saboya (Le Corbusier)

Al consabido precepto menos es más hemos de añadir el célebre lema funcionalista de Le Corbusier con el que definía un concepto totalmente nuevo para una vivienda: la casa debe ser una máquina para vivir. Esta definición venía acompañada de cinco aspectos: elementos concretos de sustentación, jardines en el tejado, libre conformación de las plantas, ventanales continuos y libre construcción de la fachada. Cinco aspectos integrados en una forma geométrica única que generase volúmenes puros.

Entre tradición y espiritualidad japonesa y funcionalismo europeo, Oriente y Occidente conforman la compleja esencia del minimalismo, una armoniosa contradicción que recoge el arquitecto Tadao Ando en esta cita: “pienso que la arquitectura se torna interesante cuando se muestra ese doble carácter: la máxima simplicidad posible y, a la vez, toda la complejidad de que pueda dotársela”.

 

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