En la continua investigación y creación de nuevos materiales, algunos diseñadores traspasan los límites de lo que se creía imposible, fusionando lo orgánico y lo inorgánico, en nuevos objetos derivados de protocélulas. Se acabó el imitar a la naturaleza, ahora lo inerte toma vida.

¿Te imaginas una zapatilla inteligente que se adapta automáticamente al terreno? ¿Y un edificio que se repara a si mismo? Ese es el futuro hacia el que dirigen sus investigaciones los diseñadores de materiales, que uniendo la biología con la química y las nuevas tecnologías idean objetos híbridos que están entre lo orgánico y lo inorgánico, entre lo natural y lo artificial. La base de todo ello tiene un nombre: protocélulas.

Surgidas de las investigaciones sobre el origen de la vida, las protocélulas son los sistemas vivos más simples que existen. “Es solo un puñado de químicos capaz de tener un comportamiento interesante y muy complejo que simula la vida”, apunta Martin Hanczyc, un químico que explora esta vía entre lo vivo y lo inerte, para quien “durante los últimos 150 años la ciencia casi ha borrado esta distinción entre sistemas vivos y no vivos, y ahora consideramos que podría existir una continuidad entre ambos”. En su Laboratorio de Biología Artificial de la Universidad de Trento, Hanczyc se dedica a mezclar ingredientes sin vida para crear células artificiales con algunas de las características de los sistemas vivos.

Estas zapatillas están muy vivas

Por ello son varios los profesionales del mundo del diseño que se dirigen a Hanczyc durante sus investigaciones, como la diseñadora Shamees Aden, que quiere convertir en realidad Amoeba, la zapatilla del futuro salida de su mente como trabajo final de su Master ‘Textile Futures’ en la prestigiosa escuela londinense de artes Central Saint Martins.

Los runners del futuro se van a quedar con la boca abierta cuando descubran estas zapatillas personalizadas que se adaptan perfectamente al pie del corredor con una segunda piel. Se sincronizan con él y reaccionan a los cambios de presión, adaptándose en tiempo real para reforzar las zonas del pie que sufren mayor impacto o para optimizar su rendimiento según la superficie.

Las zapatillas Amoeba están relizadas con protocelulas, un material entre lo orgánico y lo inorgánico
Amoeba son unas zapatillas diseñadas por Shamees Aden a base de protocélulas.

 

Por ahora es un prototipo conceptual, pero Aden piensa que sería posible fabricar estas zapatillas mediante técnica de impresión 3D biotecnológica utilizando como material protocélulas. “El estudio de las protocelulas es una ciencia emergente que tiene el potencial de revolucionar el futuro de los materiales”, señala la investigadora Shamees Aden.

Las Amoeba son tan sólo un ejemplo de esos nuevos materiales que se mueven entre lo orgánico y lo inorgánico. Producidas artificialmente a partir de una combinación de químicos en un laboratorio, su vida se prolonga tras cada uso, autoreparándose dentro de un recipiente con líquido que contiene más protocelulas.

Arquitectura que se repara a sí misma

En el mundo del diseño encontramos  otros proyectos que se inspiran en la utilización de estos organismos vivientes de manera artificial, como el de Rachel Armstrong para salvar a Venecia de un futuro bajo las aguas. “Hemos divisado un método por el cual sería posible para la tecnología protocelular recuperar de modo sostenible a Venecia. Y el arquitecto Christian Kerrigan se ha acercado con una serie de diseños que nos muestran cómo sería posible hacer crecer un arrecife de piedra caliza debajo de la ciudad”, señalaba en una charla TEDex  esta profesora de arquitectura experimental de la Universidad de Newcastle.

Nuevos materiales: protocélulas para salvar Venecia
Las protocélulas podrían salvar a Venecia de acabar sumergida.

 

Las protocélulas crearían una coraza alrededor de los pilares en madera de Venecia, petrificándose, y al mismo tiempo podrían contribuir a mejorar la calidad del agua y crear espacios idóneos para el desarrollo de la fauna marina. Todo depende de cómo se programen.

Al igual que las Amoeba, también los edificios podrían autorepararse gracias a nuevos materiales surgidos de estas investigaciones. Otra de las ideas en las que trabaja Armstrong es una pintura que contenga protocélulas programadas para producir piedra caliza cuando se exponen al dióxido de carbono. Se crearían así edificios descontaminantes y que se repararían a sí mismos, generando piedra caliza para cubrir posibles grietas.

“Esto no va a ocurrir mañana. Va a tardar un tiempo. Va a llevar años afinar y monitorizar esta tecnología a fin de que podamos tenerla lista para ensayarla”, explica Rachel Armstrong. Sin embargo, para la arquitecta e investigadora, estos nuevos materiales metabólicos son el futuro de una arquitectura realmente autosostenible, ya que “tienen algunas propiedades de los sistemas vivos, lo cual significa que pueden actuar de modos similares”, reaccionando a los cambios de su entorno.

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