¿El urbanismo moderno está en consonancia con las personas que habitamos las ciudades? Los espacios son seres vivos que cohabitan con las personas, por ello, ¿podremos dotarlos de empatía?

La modernidad le ha hecho un flaco favor al ser humano, que ha cedido el protagonismo a los espacios espartanos en ocasiones pensados para las máquinas, incluso cuando no están presentes ni se les espera. Los arquitectos y urbanistas del siglo XXI se enfrentan al reto de redimensionar lugares ya vividos y que requieren una nueva oportunidad. Y no incidir en errores del pasado.

Bancos mirando a muros o carreteras, árboles tapando la luz artificial, plazas con tantos elementos urbanos que solo valdrían para jugar al escondite con los niños… Todas las ciudades del mundo podrían elaborar auténticos catálogos de espacios que, simplemente, no funcionan. Y el problema no viene necesariamente de atrás ni se va a resolver en la próxima reforma de su calle. El error común, coinciden los expertos, es la pérdida de la escala humana y la falta de estudios detallados sobre el comportamiento de la comunidad a la que va destinada la actuación.

También hay casuística para la esperanza. El caso contemporáneo más llamativo de recuperación de un espacio urbano es el High Line, un parque urbano elevado construido sobre el viejo trazado del ferrocarril de Nueva York, que despertó un intenso debate social y económico eclipsado ahora por su incontestable éxito: cuatro millones de visitantes anuales y una corriente de adhesión sobre la que habla en la charla TED Amanda Burden.

La plataforma elevada cesó sus usos ferroviarios en 1980, y 23 años más tarde se comenzó a pensar en diversos usos en una iniciativa en la que la urbanista de referencia en la etapa del alcalde Bloomberg tuvo que resistir enormes presiones del mercado inmobiliario. El proyecto se finalizó en el 2014 y desde entonces es un punto de referencia indispensable en materia turística, pero también ciudadana, con el atractivo social de que muchas de las actividades que allí se celebran salen adelante por la iniciativa popular y con carácter voluntario. “Los espacios públicos que funcionan no aparecen por accidente, alguien debe pensar en los detalles que marquen la diferencia”, sostiene Burden, quien también arremete contra los apóstoles de la estética, porque el buen diseño “no es lo que se ve, es lo que funciona”.

El gran profeta de la humanización urbana es Jan Gehl. El danés, tras décadas de trabajo y experiencias en todo el mundo, ofrece cinco consejos para reconducir el problema de la pérdida de la escala humana en las ciudades:

  1. Detener la construcción de ‘arquitectura barata para la gasolina’. Esto es, la que se levanta y se extiende con el automóvil como eje.
  2. Hacer de la vida pública el eje del diseño urbano.
  3. Diseñar experiencias multisensoriales.
  4. Impulsar que el transporte público sea equitativo.
  5. Y prohibir los automóviles.

En sus múltiples reflexiones, Gehl defiende un urbanismo “que propicie las actividades comunitarias” y que recoja las acciones más primarias de un ciudadano al interactuar en un espacio público: caminar, estar de pie, sentarse, ver, oír, hablar… El urbanista danés, un ferviente defensor de la bicicleta como medio de transporte, expone estas ideas en su ensayo La humanización del espacio público (En España, ediciones Reverte).

En España, el arquitecto y decano del colegio profesional madrileño, José María Ezquiaga, va más allá de los espacios urbanos específicos y se ha convertido también en un firme divulgador del uso racional del territorio, y desde diferentes plataformas proclama la necesidad de restar intervención sobre los suelos y dejar en el pasado el crecimiento sin medida. “Hay que reutilizar mejor lo que ya existe”, dice con el convencimiento de que un urbanismo más amable es posible. En esa línea argumental otro arquitecto de referencia, el premio Priztker 2005 Thom Mayne, cree “que un edificio puede ser una extensión de la superficie terrestre”, dando consistencia a su teoría de los “tejidos conectivos”.

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